[Selección de textos tomados
de Herbert HENDIN, “Seducidos por la Muerte”, Ed. Planeta, Barcelona (2009). En
su libro, el autor hace un estudio sobre las causas y consecuenciasde la legalización de la eutanasia en Holanda
y en el Estado de Oregón (EE.UU.)].
Todos los textos que siguen han salido del libro de Herbert HENDIN
“Seducidos por la Muerte”. Es un libro fuerte, duro (porque resulta duro leer
cosas que muestran el poco aprecio de algunos a la vida de personas enfermas,
más aún cuando se trata de médicos y personal sanitario). Pero “abre los
ojos” acerca de los que cabe esperar tras una legalización de la eutanasia y
del suicidio asistido como la que se produjo en Holanda en la última década
del siglo XX. Cualquiera que desee hablar con rigor sobre la eutanasia
debería leer antes este libro: el autor ilustra su estudio con datos
rigurosos y descripción de casos reales.
«La
eutanasia y el suicidio asistido han sido a menudo invocados como medios para
proporcionar a los enfermos un más amplio control sobre su muerte y como un
modo de mejorar las circunstancias de ésta. Pero ¿es esto realmente cierto? En
una eutanasia, ¿qué parte de la decisión recae sobre el enfermo y qué parte
sobre el médico? ¿Cuál es el efecto de la legalización de la eutanasia para los
suicidas potenciales? ¿Qué pueden decirnos el suicidio asistido y la eutanasia
sobre el cuidado que debemos proporcionar a los enfermos terminales?
»Cualquiera
que quiera responder a estas preguntas acabará en Holanda, el único país donde
la eutanasia es prácticamente aceptada. Cuando llegué allí, mis colegas
holandeses sabían que, a pesar de mis reservas, no tenía una posición
preconcebida sobre cuál debía ser la legislación en el tema del suicidio
asistido y la eutanasia. Aceptaron esa duda mía, lo que quizá les llevó a ser
más francos de lo que hubieran sido en otras circunstancias, a la hora de
discutir los casos conmigo.
»Pocos
estadounidenses han tenido la oportunidad de conocer de primera mano el sistema
holandés y de oír los detalles de los casos relatados por sus más firmes
defensores y por los encargados de ejecutarlos. Los holandeses estaban
convencidos de que, cuanto más aprendiese yo, más persuadido acabaría de las
excelencias de la práctica de la eutanasia en Holanda. Pero sucedió lo
contrario. Cuanto más oía, cuanto más veía y más hablaba con los defensores de
la eutanasia en Holanda, más impactado quedaba, no sólo por el elevado número
de lo que podríamos llamar “muertes equivocadas” sino también por su
insistencia en defender lo que a todas luces resultaba indefendible.
»Estoy
seguro de que, si tuvieran la oportunidad de ver el suicidio asistido o la
eutanasia en acción, muchos estadounidenses -incluidos muchos defensores de la
eutanasia- hubieran reaccionado como yo lo hice. Nunca en mi vida he sentido,
pues, tanta urgencia por comunicar a otros algo que he llegado a saber.»
Afrontar la muerte: Médicos y enfermos terminales (pp.47-48) [Ver también “Muerte a la carta”]
«Los
pacientes no son los únicos en no tolerar las situaciones que escapan a su
control. Lewis Thomas ha descrito muy bien la sensación de fracaso que sienten
los médicos cuando se enfrentan a la muerte;1
esta sensación puede explicar que los médicos tengan tanta dificultad para
hablar de las enfermedades terminales con sus pacientes. La mayoría de ellos
evitan hablar de ello, pero la mayor parte de los pacientes preferirían que se
tratara el tema abiertamente.2 Estos sentimientos pueden explicar la
tendencia de algunos médicos a usar medidas excesivas para alargar la vida y
también la necesidad de otros de convertir la muerte en una decisión médica.
Decidiendo el momento de la muerte del paciente, convirtiendo la muerte en una
decisión médica, mantienen cierta ilusión de dominio sobre la enfermedad. El
médico, y no la enfermedad, es entonces el responsable de la muerte. El
suicidio asistido y la eutanasia no son sino respuestas a la frustración por no
poder curar la enfermedad.»
1L. Thomas, «Dying as
Failure?», American Journal of Political
Science, 444 (1984), 1-4.
2 D. Hendin, Death as a Fact of Life, Norton, Nueva
York, 1973, citando a Herman Feifel, «Physicians Consider Death», manuscrito
sin publicar presentado en el congreso de 1967 de la American Psychological
Association.
Datos sobre eutanasia y suicidio asistido en Holanda en 1990-95 (pp.158-163) [Ver también “Muerte
a la carta”]
Estudio de 1990
Estudio de 1995
Decisión médica:
Cuestionariob
Entrevistac
Cuestionariob
Entrevistac
Eutanasia
2.189 (1,7%)
2.445 (1,9%)
3.253 (2,4%)
3.018 (2,2%)
Suicidio asistido
244 (0,2%)
380 (0,3%)
271 (0,2%)
542 (0,4%)
Terminación de la vida sin peticiónd
1.030 (0,8%)
948 (0,7%)
Opiáceos dados para poner fin a la vidae
1.350 (1,0%)
1.896 (1,3%)
Estimación total de muertes causadas por el médicof
4.813 (3,7%)
6.368 (4,7%)
a Número de muertes con el porcentaje entre
paréntesis, basado en las 128.786 muertes en Holanda en 1990 y 135.546 muertes
en 1995.
b Datos basados en el cuestionario. Se enviaron
6.942 cuestionarios en 1991, y el 76 por ciento se recibió completado. La muestra
se estratificó para incluir un porcentaje alto de casos donde era más probable
que se hubiera tomado una decisión sobre la terminación de la vida.
c Datos basados en la entrevista. Se entrevistó a
405 médicos en 1991, y a otros 405 en 1995. Se eligieron de una muestra
aleatoria estratificada de 599 en 1991 y otros 559 en 1995. Otros no fueron
localizados, padecían enfermedad crónica, o no satisfacían otros criterios. La
muestra fue estratificada para incluir médicos que probablemente habían tomado
una decisión sobre la terminación de la vida.
d Los datos comparativos sólo están disponibles
para el cuestionario.
e Los datos comparativos sólo están disponibles
para la entrevista.
f El número total de muertes está basado en los
datos del cuestionario y de la entrevista.
(...)
«La
escasez de informes continua siendo un serio problema. En sólo el 18 por ciento
de los casos de 1990 los médicos informaron a las autoridades de las eutanasias
practicadas, según requerían las directrices holandesas. Para animar a una
mayor información de los casos, se simplificó el proceso de notificación,
asegurando a los médicos que no serían molestados si seguían esas pautas. Los
investigadores estiman que el cambio de procedimiento ha contribuido a un
aumento en el informe de casos hasta el 41 por ciento en 1995, mientras
reconocían que un 59 por ciento de casos sin informar resultaba
preocupantemente alto. Las entrevistas de 1995 revelan que en sólo el 11 por
ciento de los casos hubo consulta a otro médico.3
»De
los 49 médicos que no habían informado previamente de su último caso de
eutanasia, la mitad de ellos dieron como razón su deseo o el deseo de la
familia del paciente de evitar un interrogatorio judicial, el 20 por ciento
adujeron su miedo a ser perseguidos por la ley, el 16 por ciento el hecho de no
haber cumplido los requerimientos para que el proceso sea aceptable, y el 14
por ciento la convicción de que la asistencia a la muerte debe ser un asunto
privado. Entre el 15 y el 20 por ciento de los facultativos decían que bajo
ninguna circunstancia informarían nunca de sus casos.
»Las
respuestas de los médicos plantean más cuestiones que no han sido preguntadas.
¿Por qué las familias temen un interrogatorio judicial? ¿Por qué temen aquéllos
ser perseguidos por la ley? Los investigadores afirman que las violaciones de
los médicos no eran sustanciales sino meramente de procedimiento, entendiendo
como tal la ausencia de petición escrita por el paciente, la omisión de
redacción de un informe, o la omisión de la consulta, sugiriendo que los
investigadores han aceptado la informalidad de los doctores en ese proceso de
consulta. Además, en el 20 por ciento de los casos más recientes dejados sin
informar se trataba de la terminación de una vida sin consentimiento del paciente.4
De tales casos, según revelan los estudios de 1990 y de 1995, no se emite
informe prácticamente nunca.5
(...)
»Si
uno calcula el total de muertes por eutanasia, suicidio asistido, terminación
de la vida de un paciente sin su consentimiento y administración de opiáceos
con la explícita intención de poner fin a la vida, encuentra que el número
estimado de muertes causadas por intervención activa de lso
médicos creció desde 4.813 (3,7 por ciento del total de muertes) en 1990 hasta
6.368 (4,7 por ciento) en 1995 (véase tabla). Basándonos en datos del estudio,
esto supone un incremento del 27 por ciento en los casos en que los médicos
intervinieron activamente para causar la muerte. (El estudio documenta un
incremento del 20 por ciento.)
»Los
investigadores holandeses minimizan la relevancia del número de muertes sin
consentimiento explicando que los pacientes no estaban lúcidos. Pero en el
estudio de 1995, el 21 por ciento de los casos clasificados como “pacientes a
cuya vida se puso fin sin petición explícita” eran casos de lucidez; en el
estudio de 1990, hubo lucidez en el 37 por ciento de los casos.6 No
se nos aclara cuál fue el porcentaje de pacientes lúcidos de entre aquellos a
los que se les administró medicación paliativa con intención de poner fin a su
vida sin haberlo discutido antes con ellos, pero el análisis de los datos de
administración de opiáceos indica que probablemente se trata de al menos el 20
por ciento.
(...)
»Como
hemos visto, incluso en ocasiones en las que se sabía explícitamente que los
pacientes, que estaban lúcidos, no querían la eutanasia, se les administró a
pesar de todo. Un ejemplo es el de la monja a cuya vida su médico puso fin unos
días antes de su muerte natural porque tenía un dolor extremo pero el médico
creía que sus convicciones religiosas le estaban impidiendo pedirle la muerte.
Otro es el de la paciente holandesa con un cáncer de mama extendido que había
dicho que no quería la eutanasia, pero a cuya vida se le puso fin porque, en
palabras del médico, “podría
haber tardado otra semana en morir. Simplemente, necesitaba esa cama”.7»
3 Van der Wal et al., «Notification Procedure for Physician-Assisted
Death», Journal of the American Medical
Association, 277 (1997), p. 1.708.
4 Ibíd., p. 1.708.
5P. J. van der Maas, J. J. M. van Delden y L. Pijnenborg, Euthanasia and Other Medical Decisions
Concerning the End of Life, Elsevier, Nueva York, 1992; der Wal et al., «Notification
Procedure for Physician-Assisted Death», p. 1.704.
6 Van der Maas et al., «Medical Practices Involving the End of Life in
the Netherlands», p. 1.704.
7 R. Twycross, «Where
There is Hope, There is Life: A View from the Hospice», en Euthanasia Examined: Ethical, Legal, and Clinical Perspectives, ed.
de J. Keown, Cambridge University Press, Nueva York, 1995, p. 161.
Depresión y suicidio asistido (pp.
180-181)
«La
reciente aceptación del suicidio asistido en Holanda para los pacientes
depresivos con tendencias suicidas convierte en víctimas a los pacientes de
depresión que no responden con rapidez al tratamiento. Unos años antes de ir a
Holanda, publiqué un estudio sobre una mujer que sufrió una fuerte depresión
tras la muerte repentina de su marido por infarto cuando la saludaba a la
vuelta del trabajo.8 Había tenido varios intentos de suicidio, y cuando
la vi por primera vez acababa de salir de un coma
producido por una ingestión de barbitúricos. Desde la muerte de su marido había
estado hospitalizada varias veces, se le habían dado prácticamente todos los
medicamentos antidepresivos entonces existentes, y se le había sometido a dos
sesiones de terapia electroconvulsiva, todo sin
resultado.
»Insistía
en que su situación era incurable, y en que el suicidio era la única solución.
No quería someterse a ningún tratamiento, pero vino a mi consulta varias veces,
y permanecí en contacto con ella y con su familia para ver cómo estaba. Sus
hijos habían llegado a un punto en que medio esperaban que muriera, porque
impedir que se suicidase les estaba llevando mucho tiempo. Después de dos
angustiosos años, llegó un intento de suicidio en que casi se muere. Tras
varios días en coma, despertó y dijo a su hija que ya no intentaría suicidarse
nunca más. Accedió a verme, pero sólo supo decirme que había tenido un sueño en
que su marido le había dicho: “Bueno, ya basta. Estás haciendo que tú y todo el
mundo sufráis demasiado.” Me dijo que a la mañana siguiente se había despertado
curada de su depresión. Cuando hablé con ella un año después, y con su hija
años más tarde, me dijeron que era totalmente autosuficiente, que había
reconstruido su vida social, y que ya no estaba deprimida ni pensaba en
suicidarse. Bajo un sistema que permite el suicidio asistido par los casos de
depresión crónica, esa paciente habría puesto fin a su vida mucho antes de
recuperarse, y eso de acuerdo con su familia y con la colaboración del médico.»
8 H. Hendin, Suicide in America, Norton, Nueva York,
1995.
Eliminación de tratamientos inútiles en enfermos terminales (pp. 214-215)
«Hemos
alcanzado un consenso que nos permite retirar o eliminar tratamientos inútiles
a los enfermos terminales, pero algunos siguen insistiendo en que no hay
diferencia entre esto y la eutanasia. (...)
»“La omisión del médico puede
producir la muerte sólo cuando la enfermedad del paciente lo mata en ausencia
de tratamiento. Podemos declarar al médico moralmente responsable de la muerte
si juzgamos esas acciones como omisiones culpables. Pero eso es confundir
realidad y juicio moral al ver una omisión como algo con el mismo efecto causal
que una acción que mata directamente. Una inyección letal mataría tanto a una
persona enferma como a una sana. La omisión de tratamiento de un médico no
tendría efecto en una persona sana (...) Por el contrario, sólo llevará a morir
a una persona enferma por la existencia de una enfermedad subyacente (...) El
médico que, a instancias del paciente, omite un tratamiento no querido no lo
está matando en modo alguno. Es la enfermedad subyacente, y no su acción, la
causa física de la muerte; y estamos de acuerdo en considerar este tipo de acciones
como moralmente lícitas. Por tanto, se puede decir verdaderamente que le hemos permitido morir”.9
»El
argumento de Callahan es el mejor. Y lo que es aún más importante, mucha gente
entiende esa distinción entre matar y dejar morir en esos casos.
»Mucha
gente es capaz de distinguir entre administrar sedantes en dosis necesarias
para proporcionar alivio, incluso con riesgo de provocar la muerte, y
administrarlos con la intención de causar la muerte. Algunos defensores de la
eutanasia no lo distinguen.»
9 D Callahan, «When Self-Determination Runs Amok», Hastings Center Report, 22 (1992), vol. 2, pp.52-55
Atención personal del enfermo que sufre (p. 268)
«Cassell ha visto médicos incapaces de aliviar el
sufrimiento porque fueron preparados para ocuparse sólo de los aspectos físicos
de la persona. Parafraseando a Cassell, para poder
aliviar de verdad el sufrimiento, un médico ha de comprender que una persona
tiene una personalidad y un carácter, un pasado, unos lazos con otras personas,
unos antecedentes culturales, unos patrones regulares de comportamiento, una
vida privada, una percepción del futuro, una dimensión trascendente, es decir,
un espíritu además de un cuerpo. Con todo eso en mente, Cassell
dice: “Nos damos
cuenta de cómo alguien carente de dolor, carente incluso de síntomas físicos,
puede estar sufriendo. La gente sufre por lo que ha perdido de sí misma en
relación con un mundo de objetos, sucesos y relaciones.”10»
10 E. J. Cassell, «The Nature of Suffering and the Goals of Medicine», New England Journal of Medicine, 306
(1982), p. 642.
Enfermos terminales y cuidados paliativos: escuchar y acompañar al
enfermo (pp. 268-271)
«El
doctor Carlos Gómez, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad
de Virginia, relata el caso de un varón de raza blanca de cuarenta y dos años,
seropositivo desde hacía seis años, que fue atendido en una clínica para
enfermos de sida un mes después de haber sido hospitalizado por una neumonía.11
La situación exigió que el paciente utilizase un respirador y, durante su paso
por la unidad de cuidados intensivos (UCI), se le halló un infección bacteriana
muy extendida que estaba asociada con el sida, un bajo nivel de plaquetas y una
infección cística del pulmón, también relacionados con el sida. Su estancia en
la UCI se complicó con dos episodios de infecciones en la sangre con caídas de
tensión arterial de entre hora y media y dos horas. Se recuperó de esos
episodios y le fue retirado el respirador, pero desarrolló un doloroso
deterioro inflamatorio de los nervios de brazos y piernas.
»En
su primera visita a la clínica, este joven estaba aletargado, extenuado y
anclado en una silla de ruedas. El médico logró trasladarle de la silla a la
camilla para su observación. El paciente se quejó amargamente de dolor en
manos, espinillas y pies. Se quejaba además de dificultades para dormir, a
pesar de que durante la observación se quedó dormido varias veces. Su hermana,
que estaba presente durante la consulta, expresó su preocupación por si el
paciente estaba sobremedicado. Parece ser que tomaba
analgésicos y tranquilizantes de modo indiscriminado para aliviarse.
»Se
le retiraron dos de los medicamentos contra el dolor prescritos por el
hospital, y se le recetó una dosis inferior de morfina de eliminación gradual.
Se le recetó además morfina en jarabe para los accesos de dolor agudo. Se le
retiraron gradualmente los tranquilizantes que tomaba, y se le dio medicación
para ayudarle a dormir. Se dispuso además que su hermana llevase la cuenta de
las pastillas que tomaba.
»Dos
semanas después de la primera visita, el paciente se mostraba más despierto,
aunque todavía se quejaba de fuerte dolor y era incapaz de manejarse sin su
silla de ruedas. Fue entonces cuando sacó el tema del suicidio, diciendo que no
quería vivir de esa manera. Esto llevó a una intensa discusión con el paciente
y su hermana. El paciente expresó su terror a morir solo, especialmente durante
un día laborable en que su hermana estuviese fuera. Se sentía además atrapado
en su silla de ruedas y tenía miedo de llegar a un agudo acceso de dolor sin
poder desplazarse. Cada uno de esos temas fue tratado; el médico le dio al
paciente su número de teléfono privado, y le pidió que le llamase a cualquier
hora si tenía una crisis; la dosis de morfina fue incrementada y el paciente
comenzó un tratamiento con corticoesteroides con la
esperanza de que aliviasen la inflamación nerviosa periférica a la vez que
mejorasen su estado de ánimo. Empezó además a tomar antidepresivos.
»Durante
ese tiempo el paciente llamó tres veces al médico, básicamente para asegurarse
de que respondería con prontitud. En cada una de esas ocasiones, el médico
respondió a la llamada en menos de cinco minutos. En la siguiente visita a la
clínica, la apariencia del paciente había mejorado ostensiblemente. Había
engordado unos tres kilos “porque como más que un caballo”. Dormía mejor por la
noche, estaba más espabilado durante el día y, con la excepción de algún ligero
problema gastrointestinal producido por los corticoesteroides,
toleraba bien la medicación.
»Dos
semanas más tarde, el paciente se presentó en el servicio de urgencias con
dificultades respiratorias. Tenía líquido en los pulmones e hinchazón en
brazos, piernas y cara, probablemente como efecto secundario de los corticoesteroides. En vez de eliminar los corticoesteroides, le fue recetado un diurético y se le
pidió que, con ayuda de su hermana, ajustase la dosis a los síntomas. Regresó a
su casa y en los tres días siguientes logró eliminar el líquido, de manera que
todos los síntomas llegaron a desaparecer, manteniendo la dosis diaria del
diurético.
»Seis
meses más tarde, el paciente se presentó en la clínica con un “tengo algo que
enseñarles”. En un pispás se levantó de su silla de ruedas, caminó por la sala
de consulta y saltó por encima de la mesa. Dijo que había estado siguiendo un
programa de terapia física en casa, consistente en hidroterapia y ejercicios en
la piscina de su hermana. Había ganado peso y el problema del líquido en los
pulmones se mantenía bajo control. Dijo que quería “simplificar su vida”,
interrumpir su medicación para el sida, y que iba a usar sólo los medicamentos
que le permitiesen mejorar su calidad de vida. Cuando le informaron de que el
uso continuado de corticoesteroides podría enmascarar
otros síntomas, especialmente fiebre y dolor abdominal, el paciente replicó que
los corticoesteroides habían mejorado su vida y que
ese riesgo merecía la pena.
»Aproximadamente
diez meses después de haber empezado con los corticoesteroides,
el paciente se presentó en el servicio de urgencias del hospital quejándose de
“deposiciones negras, alquitranadas” y diciendo que se sentía “como si se fuese
a morir”. Su tensión sanguínea era baja y tenía el abdomen dilatado. Una
endoscopia de urgencia mostró una pequeña perforación en la parte posterior del
estómago. Al escuchar esto el paciente sonrió y dijo: “Es el final, ¿no?” Fue
ingresado en un pabellón especial del hospital, y se le puso morfina por goteo
y también corticoesteroides por vía intravenosa. No
padeció dolor y murió de forma tranquila doce horas más tarde.
»Las
necesidades físicas y emocionales de este hombre habían sido escuchadas y
habían sido tenidas en cuenta por su médico y su hermana, que supieron cuidar
de él y supieron valorarle. La manera en que aceptó su propia muerte estuvo
indudablemente influida por los diez importantes meses que fueron añadidos a su
vida por un médico que había entendido sus necesidades y que había querido
darle algo más que una respuesta literal a sus deseos de suicidio asistido.
»Las
intervenciones psicosociales de este tipo son necesarias no sólo para los
pacientes sino también para ayudar a las familias a aliviar su carga. Un
ambiente familiar mejor puede ser fundamental para que un paciente valore su
propia vida.»
11 C. Gómez, caso presentado en el congreso
«Cuidados de pacientes terminales» que tuvo lugar en Bellagio, Italia, en
agosto de 1996.
Más sobre cuidados paliativos: una enferma de cáncer terminal (pp. 273-275)
«Una
mayor experiencia en el tratamiento de pacientes con cáncer y el mejor cuidado
que en general les proporcionamos nos ha permitido documentar la frecuencia con
que los solicitantes de eutanasia cambian de opinión cuando se les proporciona
un buen tratamiento paliativo, incluido el tratamiento de su depresión.12
El siguiente caso relatado por la doctora KatheleenFoley, jefe del servicio contra el dolor del departamento
de neurología del centro contra el cáncer del Memorial Sloan-Kettering,
resulta adecuado para ilustrar esta situación.13
»Una
mujer de sesenta y cuatro años, enferma de cáncer de pulmón en estado avanzado,
y con fuertes dolores torácicos, solicitó ayuda para morir. Profundamente
triste, desesperanzada, declaraba que su vida no tenía ya propósito ni sentido;
se veía además como una carga para su marido. No podía continuar así, y
amenazaba con pedir la colaboración de una amiga, que ya había auxiliado a su
propia madre a morir, si no se le daba inmediatamente la ayuda que pedía. Su
marido percibió esa petición como un signo de depresión profunda y solicitó
asistencia para mantenerla con vida. Declaraba que nunca sería capaz de
ayudarla a morir, pero que sentía que le fallaba a su mujer al negarle el
auxilio que pedía. Se sentía culpable además por no poder darle mayor apoyo, y
expresaba frustración y rabia cuando ella le mantenía despierto durante la
noche.
»Tras
un ingreso de urgencia en el hospital, se observó que el cáncer estaba
invadiendo el tórax de la mujer. Se la trató entonces con una combinación de
analgésicos (morfina y acetaminofén) en dosis
regulares, inicialmente por vía intravenosa, y le fueron bloqueados los nervios
torácicos para reducir su dolor. El dolor disminuyó hasta convertirse en un
ligero dolor de vez en cuando durante el día. Comenzó además un tratamiento en
dosis bajas de antidepresivos, y aceptó ser visitada por un psiquiatra. Su
estado de ánimo mejoró rápidamente, su dolor se redujo de forma drástica y
comenzó a ver su vida de manera más positiva. Hablaba abiertamente sobre su
muerte, pero también expresaba deseo de vivir mientras el dolor pudiese ser
controlado. Cuando le preguntaron si los médicos deberían haberla “matado”
cuando se lo pidió, respondió con un rotundo “no”, reconociendo que el dolor la
había deprimido hasta querer morir.
»La
mujer abandonó el hospital y vivió durante cuatro meses más, con el dolor
controlado y renovadas energías. Logró resolver algunas cuestiones familiares
en compañía de sus hijos y murió en su propia casa mientras su marido cuidaba
de ella.
»Los
pacientes que solicitan la eutanasia están pidiendo alivio de su sufrimiento
físico y mental del modo más poderoso que tienen a mano. Cuando la petición
llega a un médico caritativo, sensible y comprensivo que puede asegurarles que
estará con ellos hasta el final aliviando su sufrimiento, la mayoría de esos
pacientes no desean ya la muerte. No hay nada más enternecedor que lo que
médicos así están consiguiendo con enfermos terminales.»
12 K. Foley, «TheRelationshipofPainandSymptom Management toPatienRequestsforPhysician-Assisted
Suicide», Journal ofPainandSymptom Management, 6 (1991), pp. 289-297.
13 K. Foley, caso
presentado en el congreso «Cuidado de pacientes terminales», que tuvo lugar en Belagio, Italia, en agosto de 1996.
Coma irreversible y eutanasia (p. 276)
«En
un congreso sobre pacientes en coma, un profesor sueco me contó la historia de
la muerte de su madre. Le avisaron para que acudiese al hospital por haber
sufrido ella un infarto masivo terminal. Él sabía que su madre no hubiera
deseado seguir viviendo en un estado vegetativo. Le prepararon una cama en la
habitación de su madre; mantuvo sus labios húmedos a lo largo de todo un día en
que no recibió nutrición e hidratación y finalmente falleció. Le pregunté cómo
respondería a defensores de la eutanasia que le preguntasen por qué no había
puesto una inyección para acelerar el proceso. Me contestó: “No habría sido
diferente para ella, pero lo hubiese sido, y mucho, para mí y también para su
médico.”»
La experiencia holandesa (p. 278)
«Si
la experiencia holandesa ha de enseñarnos algo, es que la eutanasia nos trae lo
peor de la medicina, en vez de traernos lo mejor. En nombre de una ficticia
compasión por el paciente sigue oculto el papel decisivo de las necesidades y
valores del médico. En lugar de una posibilidad más para el paciente, la
eutanasia se convierte en una solución sencilla a miles de problemas; como
consecuencia, la medicina paliativa languidece.
»Dadas
las injusticias de nuestro sistema sanitario y la insuficiencia de los cuidados
que damos a los enfermos terminales, la medicina paliativa sería la primera
baja producida por la eutanasia en Estados Unidos. La eutanasia se convertirá
en la forma de ignorar las verdaderas necesidades de los enfermos terminales en
este país. En palabras de la doctora Joanne Lynn, directora del Centro para la
Mejora de los Cuidaos a los Moribundos de la Universidad de George Washington,
“si la sociedad no
hace posibles otras formas alternativas de tratamiento sino que autoriza la
opción de que seamos matados, entonces no deberíamos cerrar los ojos ante lo
que realmente está en juego: que la sociedad haya escogido tener a sus
moribundos tan desesperados que prefieran ser matados a seguir viviendo”14»
14 J. Lynn, carta al director, NewEngland Journal of Medicine, 321 (1989), p. 119.
La cultura de la eutanasia: abandono de los cuidados paliativos (p. 293)
«Mi
experiencia con enfermos graves con tendencias suicidas me hacía temer que
éstos se convertirían en víctimas en una situación en la que el suicidio
asistido y la eutanasia fueran legales. Éste era mi temor cuando empecé a
estudiar la eutanasia, y lo que vi en Holanda me
confirmó que este temor estaba justificado.
»Sin
embargo, pensé que, como en Holanda la asistencia sanitaria está garantizada
para todos, la eutanasia se situaba allí en un contexto en el que los pacientes
tendrían como alternativa unos cuidados paliativos mejores que los que tenemos
en Estados Unidos. Pero me di cuenta de que esto no era cierto, y de que además
la aceptación de la eutanasia estaba llevando precisamente a que se descuidara
el desarrollo de los cuidados paliativos. La eutanasia, que se había propuesto
como solución necesaria para unos pocos casos extremos, se había convertido en
una manera casi rutinaria de tratar la ansiedad, la depresión y el dolor en
pacientes graves o terminales. Lo que he visto después en Holanda y en Estados
Unidos me ha convencido de que hay que evitar la legalización de la eutanasia
porque los cuidados paliativos se descuidarían y empeorarían.»
Batalla ideológica en defensa de la eutanasia (p. 298-299)
«Los
defensores de la eutanasia han exagerado el número de médicos que la practican,
y dicen que hay que legalizarla para así poder regularla. El argumento no
parece muy convincente: ¿hay que cambiar la ley simplemente porque no se
respeta?, y ¿qué nos hace pensar que los que ahora no cumplen la ley después
van a respetar las normas que entonces se propongan? La experiencia de Holanda
nos indica más bien que la legalización crea un clima favorable a la
desobediencia a las normas. En cualquier caso, la ley nunca permitirá que los
médicos acaben con la vida de un paciente sin su consentimiento, pero los
médicos que ya lo hacen ahora se sentirán aún más libres de hacerlo cuando se
permita la eutanasia.
»Parte
de la desinformación creada es hacer creer que la oposición a la eutanasia es
cosa de la Iglesia Católica o de la derecha religiosa. A los votantes de Oregón
se les decía: ¿vais a permitir que la Iglesia Católica dicte el modo en que
tenéis que morir?
»Se
ignora que la Asociación Médica Estadounidense (AMA, en sus siglas en inglés)
es probablemente la organización que de modo más importante se opone a la
legalización. De hecho, el informe de la AMA en contra de la legalización
(suscrito también por la Asociación Estadounidense de Enfermería, la Asociación
Estadounidense de Psiquiatría y otras muchas asociaciones médicas) fue el
documento más citado por el Tribunal Supremo en su reciente decisión sobre el
suicidio asistido y la eutanasia.»
Bailando con la señora Muerte (p. 300-304)
«En
Holanda se ven los efectos corrosivos que la aceptación de la eutanasia por la
sociedad tiene en los médicos, en su forma de practicar la medicina y en su
actitud hacia los enfermos terminales. No hay mejor ejemplo de lo que sucede a
los pacientes terminales cuando los cuidados paliativos se subordinan a la
aceleración de la muerte que el bestsellerDancingwith Mister D
(traducible por “Bailando con la señora M”, es decir, bailando con la señora Muerte).
Su autor, el doctor Bert Keizer, es un médico en una
residencia holandesa para pacientes terminales.15 Los lectores
holandeses alabaron la sinceridad y calidad literaria del libro, y compartiendo
la visión de Keizer sobre la muerte, ven la eutanasia
como la mejor opción.
»Su
manera de aplicar la eutanasia sin tratar de entender al paciente, su
indiferencia hacia los cuidados paliativos y, en general, su actitud hacia la
práctica de la medicina, en Keizer resultan más
ácidos que en la mayor parte de los médicos que practican la eutanasia. Pero
parece que su actitud distanciada de “total, para qué” y su fatalismo con los
pacientes son compartidos por los otros empleados de la residencia de
terminales.
»Keizer nos dice con vehemencia que cuando se encuentra con
un enfermo terminal siente revulsión. De uno de esos encuentros escribe:
»Estaba a punto de sacar mi
estetoscopio cuando de repente se sentó en la cama, con la mirada desencajada y
expresión de asco mientras trataba, con gran esfuerzo, de evitar que algo le
saliera de la boca, intentando tragar. Instintivamente di un paso atrás. No me
habría sorprendido que de su boca hubiera salido un excremento. Pero consiguió
mantenerlo dentro y tragarlo completamente. Entonces cayó muerta sobre su
almohada.
»Parece
que Keizer considera que parte de su trabajo consiste
en aguantar. Sus enfados con los pacientes son de abrigo. A una mujer que le
preguntó si debía quedarse en la cama el resto del día le contestó:
»Señora Van Eyk,
¿por qué está siempre preguntándome? Deje de descargar sobre mí todos sus
problemas. Ya tiene setenta y ocho años, y si no es inteligente, por lo menos
ya es bastante mayorcita como para decidir por sí misma cómo va a pasar el día:
en la cama, al lado de la cama o, si le da la gana, debajo de la cama.
»Sus enfados con los pacientes tampoco
los ahorra a sus familiares. Cuando el hermano de un paciente de cáncer de
próstata intenta traer a éste a su residencia porque su anciano padre también
está ahí, Keizer sólo ve malicia en sus intenciones.
La extrema diligencia del hermano, que Keizer
describe como “detestable” y “egoísta”, probablemente refleje sentimientos de
ansiedad, culpabilidad y afecto, además de la hostilidad que Keizer le atribuye.
»Keizer se siente en la obligación de forzar a los pacientes a encarar
la muerte sin hacerse ilusión alguna, ni religiosas, ni médicas ni sobre su
pasado. Critica a un paciente que acaba de morir diciendo que “era tan ingenuo al principio
sobre su enfermedad, que la trataba como un cuento de hadas”. A veces Keizer se comporta de una
manera casi cómica, como cuando una mujer queire que
le confirme que la gente que la ha maltratado en el pasado irá al infierno, y
se aplica en convencerla de que el infierno no existe. Es sumamente intolerante
con los pacientes y colegas que encuentran consuelo en la religión. La emoción
más positiva que Keizer expresa es cuando de mala
gana admira a los pacientes que encaran la muerte sin ninguna ilusión (de lo
que se siente capaz) y sin miedo (de lo que no se siente capaz).
»A pesar de ser defensor de la
eutanasia, Keizer tiene sus propios criterios para
aplicarla. El paciente no debe quererla demasiado, ni mostrar cambios de
opinión, ni haber tenido ningún intento de suicidio. Dice que su “primer
mandamiento” es no terminar la vida de nadie simplemente porque sea duro verle
sufrir. Éste es un mandamiento que en muchas ocasiones no cumple, pues cede a
la presión de empleados de la residencia o de familiares que se lo pidan del
modo adecuado. Teme las consecuencias de poner fin a la vida de alguien que no
lo haya pedido, pero indica que una sobredosis de morfina puede ser útil en
esas situaciones.
»Está de acuerdo en practicar la eutanasia a un
paciente que parece tener cáncer de pulmón, a pesar de que aún no se ha
descartado que pueda ser una tuberculosis. No le importa por qué el paciente y
su nieta puedan tener tanta prisa porque practique la eutanasia, aunque de
hecho el paciente no tiene aún sufrimientos. Tampoco hace caso a un compañero
que le sugiere que la cortisona podría aliviar al paciente llegado el momento.
Una vez que ha tomado la decisión de aplicar la eutanasia, quiere que sea lo
antes posible; sabe que se va a enfadar de verdad si el paciente pide un
aplazamiento. Y escribe: “Si alguien me vuelve a mencionar cortisona o diagnóstico dudoso
se va a llevar un puñetazo”.
»Sin
embargo, la eutanasia resulta traumática también para él. Cuando la practica suele sufrir migrañas y pesadillas; en las peores
pesadillas él está a punto de contraer las enfermedades de sus pacientes. Se puede
sospechar que teme un castigo o venganza por la ira o crueldad que gasta con
ellos. Mientras está despierto, su distancia emocional le protege. De un
paciente distante y solitario escribe Keizer: “Hubiese sido peor haber abierto
una brecha en su defensa, por la que todo el pus de los años hubiese salido
afuera como ola horripilante.”
»A
veces los pacientes, pero más frecuentemente los familiares, critcan su insensibilidad. Un hijo se queja de que tomó los
deseos de morir de su madre demasiado literalmente, sin entender que es deseo
procedía precisamente de su miedo a morir, y no de los síntomas de la
enfermedad. Keizer tampoco entiende al hijo, pensando
que simplemente quiere negar la inminencia de la muerte de su madre.
»Keizer está desilusionado con la profesión médica, diciendo
que “con toda
probabilidad, la profesión más antigua del mundo no es la prostitución, sino la
medicina”.
Según él, la medicina falla porque no tiene ningún remedio contra la muerte. No
hace ninguna distinción entre un tratamiento encarnizado y dolorso
sin esperanza de curación y los cuidados paliativos que alivian el dolor. Como,
de todos modos, al final va a llegar la muerte, esas distinciones no le parecen
importantes. Si la profesión médica ha fallado en el caso de Keizer, no es porque no pueda curar a más pacientes, sino
porque no le han enseñado a cuidar a quienes no puede curar.
»Sin duda, los pacientes en esta residencia
sufren más en sus últimos meses por la forma en que están siendo tratados. La
actitud de los médicos que los tratan les lleva a desear una muerte rápida. Los
empleados de esta residencia no parecen sino guardias impacientes en un almacén
de pacientes terminales.
»Los
pacientes terminales frecuentemente sienten también repulsión por su estado. Es
interesante cómo esta percepción cambia cuando quienes les cuidan aceptan su
humanidad y no los miran de esa forma. Estos cuidadores son más difíciles de
encontrar en un clima cultural que fomenta la solución fácil de la eutanasia.
En una cultura que no da un significado a la última fase de la vida, la actitud
de repulsión hacia esta fase se hace parte de su narrativa cultural, empujando
a médicos y pacientes hacia la eutanasia. De hecho, esta actitud refleja lo que
sucede cuando se usa la medicina para acelerar la muerte, en vez de evitar el
sufrimiento.»
15 B. Keizer, Dancingwith Mister D:
Notes onLifeandDeath, Doubleday, Nueva
York, 1996.